#30 Feliz día del amor y la amistad

Me sentía como en una película. Es que todos los elementos estaban ahí: ¿lluvia? check, ¿yo sosteniendo la sombrilla sobre nosotros dos? check, ¿las luces de la ambulancia en la distancia? check, joder. Si lo hubiese escrito jamás recrearía estas circunstancias, me parecen tan cliché. Pero ahí estaba yo, con un infinito de sentimiento por dentro que gritaba desesperado buscando salir, a punto de tomar una decisión que dividiría nuestros universos para siempre: ¿la beso o no la beso?

Bueno ¿y entonces?, ¿qué pasó?

Que la besé. Eso fue lo que pasó. Pero quiero detenerme en ese momento previo, justo antes del impulso. ¿Sabes lo que pasa por la cabeza en ese instante? TODO. Es como si me hubiese dividido en dos personas y una era la persona ahí presente y el otro estaba mirando y diciéndome “¡hazlo! ¡qué esperas!”. Y ni hablar de la percepción del tiempo; te lo juro que ese instante fue infinito. Aún vivo ahí, en el justo antes de. Te lo juro que era una película, pero puesta en pause para siempre. Sin embargo, me sentía más vivo que nunca. Es muy loco.

Ajá pero ¿ella qué hizo?

También me besó. Se dejó llevar. Y fue un encuentro mágico, porque no es que se veía venir ni que ambos lo estuviésemos buscando. Es el producto de una serie de circunstancias, llenas de amor y cariño, que nos ubicaron en ese lugar, en ese tiempo, en esa acción. Yo sólo sé que necesitaba hacerlo, que me sentía incómodo previamente y que desde que hablamos sobre nosotros que sentíamos algo más que amigos pero no estábamos seguro qué, pues era inevitable. Pero…ja ja ja ella… ¡entró en pánico! No durante el beso, no, sino inmediatamente después. ¡Tenías que haberla visto! No lograba decir ni una palabra. Es más, ni siquiera podía mirarme a los ojos.

Es decir, no le gustó.

No, no entiendes. Claro que le gustó. Lo que pasa es que no quería abrir esa puerta. ¡Ni yo tampoco! Pero habíamos llegado a un punto de no retorno. Mucho tiempo juntos, mezcla de sentimientos. La relación creo yo que colgaba de un hilo. Ése es el problema con guardarse las cosas, ¿ves?. Se acumulan y luego arruinan todo. Ahora siento que somos más amigos, después del sexo.

¿SEXO?

Je je je, sí. ¿Qué íbamos a hacer? Uno no libera el deseo sólo con un beso. Si hubiera pasado en una película, como me sentía, la escena siguiente empezaba en su cama con esas vistas desde arriba donde se ven ambos justo después del acto sexual. Claro que usualmente los protagonistas de esas imágenes siempre están como arrepentidos. Aquí, no. Teníamos como una sensación de tranquilidad y de que todo estaba bien con el mundo. No sé cómo explicarlo. Y justo en eso ella dice “hoy es el día del amor y de la amistad”, riéndose, y yo me reí ante tan increíble casualidad. ¿Puedes creerlo? Es que fue de película.

¿Fin?

No sé. La vida, a diferencia del séptimo arte, siempre continúa.

#29 La esquina caliente

– ¿Estás nervioso? o eres tímido.

– Ehm, no, no sé.

– Jajaja tan bello. Quítate los interiores también.

Francisco recién terminaba de sacarse los pantalones, doblarlos y acomodarlos encima de su camisa también doblada. No era nervios lo que sentía, era el cuestionamiento constante de porqué se había acercado esa noche a esa esquina, pasado por los tres primeros cuartos rojos y decidido entrar en el último. Se preguntaba en qué momento la curiosidad le había ganado a su definición de moralidad, y si tenía sentido aún aferrarse a viejos paradigmas de su persona. Una sensación de superioridad lo alejaba de esos lugares, quizás. Sus amigos todos habían penetrado a través de experiencias similares y él siempre las miró con desdén. Pero no en ese momento. No esa noche.

– Bueno papi, te explico. Son 10 por estimulación sensorial, 20 si quieres que se incluya la oral, 40 para que tengamos relaciones así rico y la promoción especial que te tengo sólo para tí es que con 80 llamo a mi compañera y hacemos un trío. Cuéntame qué te provoca, bebé.

– Eh.. no, lo primero que dijiste.

– Listo papi, acuéstate y trata de relajarte que para eso viniste.

Francisco, desnudo completamente, se acostó en la camilla boca abajo. Los brazos los pasó por encima de su cabeza. “No tiene hueco para ver el piso” pensó, recordando las otras ocasiones donde había ido a un centro de masajes convencional y podía escudriñar el suelo del cuartico, mientras profesionales (de verdad) masajeaban su cuerpo.

– ¿Y de dónde eres? – preguntó la mujer, mientras untaba aceite en sus manos preparándose para el contacto. Lo que él menos quería era tener que conversar, un poco porque no aprobaba todavía del todo su participación en este encuentro y un poco porque usualmente no era del tipo conversador. Trató de ser lo más vago posible.

– No soy de acá.

Ella comenzó a masajear con delicadeza y sensualidad la pierna derecha de Francisco. De abajo hacia arriba, paseándose por cada milímetro de su pierna fornida, deslizándose de manera muy provocativa.

– Ahh ¿vienes de visita? ¿Por cuánto tiempo?

– Un par de semanas.

Francisco disfrutaba enormemente el placer que recién comenzaba a generar el tacto, el aceite y el movimiento. Entendió que era una de sus fantasías sexuales: estar ahí sin hacer nada y que la otra persona sea quien haga todo. ˝Bastante egoísta” pensó, pero no le importó. Lo único que hacía que esta experiencia no fuese un disfrute total es los intentos de conversación que aún persistían. Las manos de ella estaban ya sobre sus nalgas.

– ¿Y qué viniste a hacer? Yo tengo aquí ya más de un año. Ay, es lindo pero tiene cosas no tan buenas.

Continuaba a frotar las manos por todo el cuerpo, de manera juguetona asomaba los dedos en los testículos mientras algunos indicios de masaje en la espalda sucedían. Por supuesto que no había ninguna técnica detrás, la relajación no era parte del servicio. En un brinco se montó ella sobre la camilla y ahora utilizaba otras partes de su cuerpo para generar fricción. Pierna, rodilla, manos y senos interpretaban la orquesta sensual del movimiento y calentaban cada vez más a Francisco, quien estaba sonriente, con ojos cerrados y sin decir una palabra.

– Voltéate papi, que ahora viene lo bueno.

Obediente se puso boca arriba y el comentario obvio de “veo que te está gustando” seguido por una sonrisa cómplice de ambos, convenció a Francisco de aceptar esta transacción y eliminar sus juicios de una vez por todas.

Después de varios movimientos recorriendo absolutamente todas las partes del cuerpo de Francisco, el paso final de la “estimulación sensorial” iba a comenzar. Sin embargo, apenas observó que ella iba a realizar otra pregunta le dijo de manera tajante:

– Utiliza la boca también.

Ella se divirtió ante el comentario y lo tomó como un permiso concedido a disfrutar aún más este encuentro. Su lengua fue un demonio suelto, dibujando cada detalle del miembro de Francisco. Y sus testículos. “Nadie nunca se acuerda de ellos” pensaba Frank, pero hoy sí que estaban siendo protagonistas.

Lo que vino a continuación ya quedará entre Francisco y la mujer que lo atendió, pero no vamos a traicionar la confidencialidad para relatarlo aquí. Demás está decir que fue satisfactorio y ambos aceptaron de manera plena el momento en el que se encontraban. Final feliz.

– ¿Siempre eres así de tímido? jaja.

– No sé.

– Jaja tan bello. ¿Vas a volver pronto por acá?

– De repente.

– Bueno aquí te espero gordo. Mi nombre es Andrea. Cuídate mucho.

Al salir del lugar se fijó en los alrededores: ninguna mirada juiciosa, ningún comentario mal hablado. Las personas seguían en lo suyo y en menos de dos minutos él también. Quedó en el pasado, alejándose cada vez más de la existencia presente. Se dio cuenta que no tenía ni un poquito de culpa ni remordimiento. Lo disfrutó al máximo.

La noche siguiente Francisco se acercó otra vez a la misma esquina para ver qué podía pasar, y para que finalmente pudiera terminarse de entender.

#28 La complaciente nostalgia de un amor perecido

Todos los días pasaba por su casa y subía la cabeza para observar su ventana. Al hacerlo, soñaba con verla y que sus miradas se cruzaran una vez más. Podía tomar otro camino, una ruta diferente, o simplemente cruzar la calle. Pero no lo hacía. No variaba jamás en darse la posibilidad de evocarla mientras iba camino al trabajo.

Algunas noches escribía sobre ella. Tomaba su bloc de notas y recreaba situaciones que sólo podía describir como “suprema felicidad”: cuando juntos hicieron algo cotidiano, fuera de lo común, estático o en movimiento. Utilizaba las letras para inyectarse una pequeña dosis que le permitía continuar a pesar de su soledad.

De a momentos las redes (sociales y no sociales) obligaban a mirarla. A verla en toda su alegría radiante. Sonreía y sentía otro tipo de felicidad que no era propia sino ajena, pero que lo hacían contentarse.

Ciertos días escuchaba una canción que la traía de vuelta, bien sea por accidente o por diseño, su sonrisa se materializaba en su cama a los momentos justo después de hacer el amor. La melodía afinaba las largas conversaciones que tuvieron a lo largo de la noche, las discusiones, las peleas, la reconciliación. Las lágrimas. De ambos. La fibra que conecta el corazón deshilaba entre las notas musicales y las secreciones neuronales.

En determinado momento probó el dibujo. La copia. Pero el papel no le hacía justicia ni a ella ni a sus sentimientos. La mano no era más rápida que sus ojos. Sin embargo el garabato no vio la basura ni el desecho. Sufrió el mismo destino que los sentimientos acumulados y fueron parte del colectivo de memorabilia que vivían para siempre dentro de él.

Todos los días pasaba por su casa y subía la cabeza para observar su ventana. Pero sabía que ella no vivía en esa morada desde hace un tiempo ya. Sabía que tenía una vida con él, su pareja, con la que era radicalmente feliz. Con sus dos hijos y una gata. Con sus amistades familias que eran parte de ese mundo. Su mundo, sin él. Que ella había decidido que no iban a compartir. Que él había suplicado en que no lo abandonara. Pero conocía que el destino le había quitado la posibilidad de volverla a tener para siempre. Sin embargo, a pesar de todo, soñaba con verla y que sus miradas se cruzaran una vez más.

#27 Ley de vida

Desde afuera se podía ver casi todo el estudio, gracias a sus tres ventanales que invitaban a cual curioso posara sus ojos en esa esquina del tercer piso del edificio Diógenes B. Las dos paredes ausentes de impúdicos cristales estaban revistas de conocimiento; enciclopedias enteras de esas de antaño, con los tomos de la A hasta la Z, todos los libros de textos utilizados en la carrera, los comprados para tener visiones distintas a la que la universidad le enseñaba, los del postgrado, el doctorado y por supuesto todas las leyes, normas y regulaciones. Por ahí también estaba una constitución, pero hacía rato que no la visitaba. El derecho penal nunca le interesó y lo que tenía que saber para su respectiva área ya se lo sabía de memoria.

A las 9:45 pm aún daba vueltas por la habitación repasando el último caso de memoria, murmurando algunos fragmentos, diciendo en voz alta los más importantes. Gilberto era un hombre dedicado y apasionado en su oficio. Gracias a ello su firma Vogliono Biti Sánchez era hoy considerada una de las más prestigiosas y, a pesar de contar con una nómina pequeña, manejaba los clientes más grades del país. VBS era el orgullo de su vida y a sus 63 años Gilberto trabajaba tan intensamente como el primer día.

Cerró la puerta después de haber tomado su saco y maletín, apagado la computadora y pasando el interruptor de la luz y dejando en penumbras su santuario. Caminó el pasillo que dividía el trabajo del hogar, ojeó el refrigerador por un pequeño bocadillo que calmara su antojo y continuó directo a la habitación. Corbata, chaqueta, camisa, cinturón, pantalón, zapatos, medias, interiores. Boxers. Cama. Televisor. Celular.

Mientras revisaba El País y escuchaba History Channel de fondo, pensó en llamarlo. La verdad es que pensaba en llamarlo todos los días de su vida, pero nunca era el momento adecuado. Durante el día la faena laboral apremiaba total atención y al acostarse en la cama ya era demasiado tarde. Los domingos sabía que a él le gustaba estar con ella y los niños y no quería molestar. Pero moría un poco todos los días al no ver a su único hijo, a sus nietos. A su verdadero legado.

Se levantó puntual a las 5:00 am sin necesidad de alarma o despertador. Carmela ya le tenía el desayuno listo para el momento en el que su traje cubría su arrebujada piel, luego del respectivo baño caliente y la afeitada facial. La barba blanca descuidada era síntoma de dejadez, creía Gilberto. Tardaba 14 minutos exactos en acomodarse su presentación más importante. Algunos días le gustaba ir a la oficina, pero la mayoría de las veces se acuartelaba en el estudio que tanto placer le daba hospedarlo.  Almorzaba a las 12:15 pm y algunos días le pasaban 12 horas por encima sin percatarse en lo más mínimo. Para despertar no necesitaba recordatorio, para parar sí.

Los hijos de Gonzalo crecieron sin tener un abuelo paterno en sus vidas. Sabían de su vida, mucho, pero jamás compartieron las tardes ni cantaron cumpleaños juntos. Laura estudió derecho, como él, siendo ejemplar estudiante y aún más impresionante abogada en derecho civil. Le apasionaba la causa de los más desfavorecidos y estaba convencida que su misión de vida se la debía a tratar de poner un poquito más favorable la balanza de la justicia. Veía en su abuelo un ejemplo a seguir y lo idolatraba a pesar de que su padre nunca hablara de él.

“No desperdicies tu vida” – le dijo.

“¿De qué hablas? ¿Desperdiciar? Estoy teniendo impacto positivo en el mundo y no sólo es necesario sino importante, abuelo.” Lo llamó así, abuelo, como si toda la vida hubieran tenido una relación, pero sabía que no era así.

“Es loable lo que haces, sí” -respondió Gilberto, “Pero no quiero que te equivocas en pensar que a lo que te dedicas salvará tu alma, porque no es así.”

“No quiero salvar la mía sino la de los demás”.

“¡Escúchame! Por culpa de estar tan enfocado en lo que hacía tu padre nunca me perdonó lo que le hice y yo no tuve las agallas de acercarme. Eso fue lo que me terminó matando. El infarto encontró un corazón destrozado cuando apareció”.

Conmovida, Laura quiso refutar. Pero se contuvo. Vio a su abuelo llorar. Sintió una catarsis que no era suya y lloró con él, junto a él. Se abrazaron tan fuerte y tan real que hizo que Laura despertara. Sintió fernweh, aquella nostalgia por aquél lugar al que nunca has ido pero por su abuelo. Entendió mucho sobre su familia en ese momento.

Llamó a su padre, a su mamá, a su hermano y al novio con el que había dejado recién porque no se veían nunca. “Mensaje recibido Abu”, pensó para sí. Lo que haya sido que haya pasado esa noche la cambió para siempre. Abrió los ojos. Y vivió.

#26 Vida

Solo y desesperado, subió hasta la azotea de su edificio. Abrió la puerta al final de las escaleras y la luz en sus ojos lo dejó momentáneamente ciego. Caminó hasta el borde mientras le regresaba la vista y se subió al muro que dividía el edificio con el vacío. Miró al horizonte. El color naranja del cielo lo conmovió. Pensó en la belleza poética de terminar su vida en un atardecer tan hermoso, similar al de Punta del Este con ella. Cerró los ojos y se dejó caer.

En ningún momento sintió miedo. A medida que su cuerpo se aceleraba a 9,8 metros por segundo cuadrado, tampoco recordó los mejores momentos de su vida o le pasó por delante. Escuchaba el viento, el tráfico, la bulla de la ciudad, su ropa, su respiración. Sí pensó que iba a ser más rápido. Sin embargo, la caída le pareció eterna. Pensó en lo irónico de utilizar la palabra eterna para describir sus últimos momentos de vida, pero así fue.

El golpe fue un dolor intenso, infinito, jamás imaginado en su vida. Mas duró sólo un instante. Como un rayo, terminó apenas comenzó. Un impulso seguido de una calma ilimitada. Dejó de sentir dolor, dejó de sentir cualquier cosa la verdad. Conoció la paz y la tranquilidad que en los últimos 18 meses no había experimentado. Estaba bien. Finalmente estaba bien.

No vio luz. No caminó hacia ningún túnel, ni flotó hacia los cielos. Pero ahí estaba, en la nada. Todo era oscuridad y todo era todo. Era parte de todo y de nada al mismo tiempo. Seguía siendo él, pero ahora era mucho más que eso también. Su identidad luchaba por permanecer. Con ella seguían los recuerdos, las historias, el engaño, la traición, la culpa. Pero lo que estaba envuelto en ese envase se hacía cada vez más débil. La calma y la paz se expandían con una armonía potente.

Entendió que aún se estaba aferrando. ¿A qué? ¿Qué estaba esperando? Era el momento de soltar y dejarse llevar. Dejar de ser. Pero una fuerza por dentro lo impedía, un motivo. No lo podía explicar pero una voluntad de existir se adueño de sí. A buena hora, pensó. Si es que se le podía llamar “pensar” a lo que sucedía. ¿Estaba pensando? Sin duda seguía siendo, a pesar de la nada. Y no estaba dispuesto a entregarse a la inexistencia todavía. Quería seguir… quería vivir. No lo podía creer. Quería vivir. La calma desapareció y dio espacio al arrepentimiento, a la tortura. Al dolor. Un dolor inimaginable.

Despertó en la clínica rodeado de médicos, enfermeras y jeringas. Una luz en el techo lo recibió de nuevo al mundo. Volteó a la ventanilla de la puerta. Con lágrimas y el maquillaje totalmente corrido, ahí estaba ella. Sonrió.

#25 Hacer

-¿está ocupado?

-Claro. No me gusta andar de pie frente a un baño sólo por diversión.

-Jaja. Es verdad, qué tonta mi pregunta.

-No te preocupes.

-…

-Oye, ¿ese es el nuevo libro de Sánchez Rugeles?

-Así es.

-¿y qué tal?

-Yo lo amo. A él. Y a todos sus libros. Tiene una manera de escribir que siento que me habla directamente a mí.

-Sí, es muy bueno.

-No lo sé. No se trata de que sea muy bueno o muy malo, se trata de conectar con lo que dice.

-Es verdad.

-…

-…

-…

-…

-Parece que quién está en el baño está complicado, ¿no?

-Bueno, para ser justos entró un minuto antes de que tú llegaras.

-Ah ok ok. Qué irreverencia la mía de juzgar sin saber.

-Jeje.

-…

-…

-…

-Odio las conversaciones mundanas y obligadas.

-Lo sé.

-…

-…

-Siento que es peor que el silencio. En cambio ahora hay una obligación de continuar lo que la otra persona dice, sin ningún propósito mas que el de evitar la incomodidad de estar en este pasillo y no decirnos una palabra.

-¿Prefieres que dejemos de hablar?

-Prefiero que hablemos de lo que es realmente importante.

-A ver.

-¿Cuándo fue la última vez que lloraste por alguien?

-Joder, esto se puso intenso de repente.

-¿Por qué no podemos hablar de eso?

-Porque no nos conocemos.

-¿Y eso qué tiene qué ver? ¿Desde cuándo es un requisito para conectar con alguien?

-Conectar.

-Sí, conectar. Lo que verdaderamente nos hace humanos. Lo que nos da propósito a nuestra existencia. Nadie viene a este mundo a estar por su cuenta y quién lo hace deja de estar vivo.

-Conectar… como Sánchez Rugeles…

-Exacto. ¿Me vas a contar?

-¿Qué cosa?

-La última vez que lloraste por alguien o tuviste una pelea desgarradora.

-No… pero debo decir que tienes unos ojos hermosos.

-Oh… ok.

-¿No esperabas ese comentario?

-Pues la verdad es que…

-Tú eres quien quería conectar, ¿no?

-…sí…

-Y tu sonrisa es encantadora.

-Gracias… oye estás muy cerca…

-Así es

-Me gusta… pero…

-¿Pero? ¿pero qué? ¿que somos dos personas que no se conocen esperando que alguien nos deje usar un baño en un café de Madrid y no tendría ningún sentido que nos empezáramos a besar?

-…e.x….ac..t…—

 

#24 Deshacer

-No vuelvas.

-¿Y por qué piensas que tengo gana alguna de volver?

-No lo sé, pero no vuelvas más. Agarra tus cosas y lárgate ¡para siempre!

-A eso vine, ¿no te acuerdas?

-¡Hazlo ya!

-Deja de gritarme.

-Vete.

-En eso estoy.

-¡Vete!

-Deja de gritarme, dije.

-Te odio, te odio, te odio, te odio.

-Debería odiarte yo.

-¡Ja!¿Haciendo chistes en estos últimos momentos?

-Siempre me dijiste que te hacía reír, ¿no?

-Vete.

-En serio te debería odiar yo.

-Ajá y por qué.

-Porque nunca te voy a olvidar.

-…

-Ni menos por lo que me hiciste.

-No te hice nada.

-Que sí.

-Que no.

-Que sí, coño.

-¿Qué?

-Me dejaste de amar.

-¿Puedes dejar de decir incoherencias?

-Es la verdad.

-La verdad es que te quiero fuera de aquí ya.

-Dejaste de ocuparte de mí para enfocarte en tí.

-Vete.

-Y no te culpo, tu carrera, tu trabajo, tu doctorado…

-Basta.

-Son demasiadas cosas para una persona. Una pareja deja de ser prioridad.

-Cállate.

-Sin embargo, no te odio. Debería, pero no soy una person–

-¡¡CÁLLATE!! ¡TUVISTE SEXO CON ALGUIEN MÁS Y AHORA TE LA DAS DE LA VÍCTIMA! NO TE QUIERO VER MÁS NUNCA EN MI VIDA, Y TE LO REPITO POR ÚLTIMA VEZ: VETEEEEEEEEE.

-…

-…

-…

-…

-Perdón.

-…

-Ya recogí todo…

-…

-Escucha… no sabía que… es decir, eso fue hace mucho y se supone que… no lo sé… nos habíamos separado y pensaba que no íbamos a volver…

-…ya está. Por favor, ya.

-Te quiero.

-…

-Bueno… hasta luego…

-¡Espera!

-¿Sí?

-Tu cepillo. Está en el baño.

-Ah… quédatelo.

-¿qué? ¿para qué? yo no lo voy a usar.

-Me da igual… bótalo.

-Ok.

-Hasta nunca.

-Chao.